domingo, 4 de abril de 2010

Flor Marina la tejedora de vida...






Flor Marina la tejedora de vida...


Nació en 1936 un 8 de abril y mostró su tenacidad desde temprano. La abuela había perdido siete hijos varones al nacer por obra de una bruja que se enamoró del abuelo y no los dejaba en paz. Viajaron a Bitaco un pueblo frío del Valle recién nació mi madre y una noche en medio de gritos y azotes de escoba mi abuela la defendió de la bruja convertida en mariposa negra grande y crujiente pues terminó apaleada en las brazas del fogón mientras mi madre casi se ahogaba envuelta en la cobija que la protegió del mal.

Así pudieron ver la vida mis otras dos tías, es decir, vivieron las tres fiesticas como las llamamos cariñosamente. Alba Lucia la tía alegre que se burla de todo hasta de la tristeza y mi tía Omaira la más parecida a mi madre en los numerosos partos y la tristeza que las invade cada día.

Su infancia transcurrió entre cañaduzales y cultivos de arroz y posteriormente en una finca donde pasaba mis vacaciones de escuela. Cuando las fincas de mangos, mandarinas, caimos, zapotes, naranjas y plátanos fueron arrasadas por la modernización de la agricultura, la expansión de los ingenios azucareros y posteriormente la cultura del narco con sus fincas de recreo y pachangas, mis abuelos y mis tías terminaron en la ciudad.


A partir de entonces mi madre debió batallar siempre para vivir digna y sonriente. Conoció a mi padre que huía de su pasado, su matrimonio absorbente y las pocas oportunidades del campo nariñense. Se enamoraron y nací rápido y precipitadamente. La familia creció cada año y mi padre tuve reveses económicos cada vez más fuertes. Mi madre tuvo que trabajar para ayudar a sostener la familia.

Tejer era su labor que nos daba de comer, especialmente en la época de las vacas flacas y cuando mi padre puso a prueba su incapacidad para proveer la familia y empezó a ceder el territorio de proveedor único a mi madre, esta con su infinita fe y laboriosidad se sacudió del yugo patriarcal y como por arte de magia de sus manos brotaron carpetas de hilo de croché, mitones, escarpines, bolsos, pavas, boinas y demás tejidos que ayudaron a calmar el hambre y las necesidades de una familia numerosa.


Mi madre era delgada, blanca y de pelo negro ondulado, de risa ancha y dientes grandes. Tenía una especial manera de llegar a la gente y conversar. Eso le permitió años después vender mercancía visitando cada fin de semana a sus clientas, especialmente mujeres, a quienes dotó de toda suerte de vestidos, blusas, pantalones, ropa de cama, al mejor estilo de los sirio libaneses o turcos como les llamábamos a quienes en mi niñez empujaban sus carretas repletas de toda suerte de mercancías, telas, vajillas, cuadros, adornos entre otras cosas y a punta de fiado mantenían la clientela por años así cada artículo terminara costando tres veces su precio en efectivo. Aún hoy conserva una tienda en que quedó un granero que tuve en Palmira y que quebró y le regalé la mercancía de saldo. La tienda las flores de la señora Flor.

Sus manos han sido una bendición pues así como tienen la destreza de tejer así también sanan todo lo que tocan. Sus plantas y su jardín que siempre está florecido como su nombre. Margaritas, geranios, rosas rojas y rosadas, violetas, pensamientos de colores, glosinias y helechos, todos vibran y se alegran con los cuidados de mi madre. Ella conversa con cada mata, las mima, las riega e imagino les tiene nombre. El patio de la casa vive repleto de plantas y flores. Las semillas se trasladan con mi madre en cada viaje o visita que hace. A la casa siempre tocan preguntando una yerba para determinado mal y ella siempre tiene una fórmula sanadora.


También sus rezos y veladoras han sido mi mayor protección, han espantado la muerte cuando me ha rondado cerca o a cualquiera de sus hijos y parientes. Le digo bromeando que debiera hacerse socia de alguna fábrica de veladoras pues son muchos los viajes que debo hacer por mi trabajo y siempre hay una veladora encendida desde que salgo hasta mi regreso.

Sus caldos de levantar enfermos y sobretodo sus cuidados amorosos obran más que cualquier remedio, bajan fiebres y alivian vómitos. He visto muchas veces a mis hermanos acudir a ella por un consejo o simplemente hablar y aliviar sus pesares. En mis años de escuela sus manos me adormecían mientras sacaban piojos y liendres o me contaba alguna historia de las tantas que les escuché a mis abuelos maternos. Siempre peinó mis cabellos hasta ya entrada la adolescencia y me compró toda suerte de ganchos y adornos que se caían de mi pelo liso.

La familia ha crecido, mi padre ya no está y ella además de su viudez sigue cultivando recuerdos tristes y sinsabores que casi cuarenta años de matrimonio dejan en la piel y el alma. Aunque se quisieron mucho mi padre y ella por circunstancias de la vida se fueron distanciando y perdieron el amor. No pudieron reencontrarse. Todos crecimos y vamos al cuarto o quinto piso. Mis sobrinos suman la veintena.

Ella se afana con la vida que sigue calando y tallando en la economía familiar, en la violencia que circunda el pueblo convertido en ciudad a la fuerza, en la inseguridad de no poder salir con tranquilidad a la calle y dar la vueltica que siempre le da al barrio para estirar las piernas y la vejez. Los hijos de mi generación ahora son sicarios, integrantes de bandas juveniles delincuenciales, drogadictos. El resto se fue a las filas de la policía, el ejército o la guerrilla. Muy pocos estudiaron. La mayoría son obreros de los ingenios, cajeros y cajeras de banco o dependientes en los almacenes.

Mi madre se abruma y toma como suyo el conflicto que genera con mis hermanos y hermanas la rebeldía de los nietos y nietas que padecen las turbulencias de sus adolescencias, la inestabilidad emocional que se desprende de las historias amorosas medio clandestinas de mis hermanas y mi vida solitaria, al filo de la guerra todo el tiempo y bastante lejana.


Flor Marina la tejedora de vida sigue allí, a veces triste, a veces enojada rondando la casa y su jardín. También mis pensamientos y mis recuerdos. De ella heredé la tenacidad y la vehemencia para hablar y hacerle el quite a la vida, los principios de decir la verdad y obrar de buena fe, de ella conservo el recuerdo de cuando
ríe y le da bofetadas al tedio. Su inalterable fe la sostiene, su pensamiento conservador la detiene, su amor por sus hijos es un ejemplo, aunque a veces su intolerancia no la deja soltar cada vida para ser quien quiere ser, su laboriosa paciencia de tejedora de la vida nos da soplo vital a todos para continuar el camino. Cómo me gustaría que floreciera su vida nuevamente, verla sonreír y verla tejer ya no con sus manos temblorosas y sus ojos gastados, pero verla tejer con su palabra y su buen corazón.