Palmira es una ciudad que ha crecido precipitadamente. Ahora sus calles son tan angostas que los trancones del tráfico resultan insoportables. A cambio de las numerosas bicicletas que nos daba un sello característico en mi adolescencia ahora surcan veloces las motos. De la tranquilidad del pueblo soleado con la brisa del mar que llega a las cinco de la tarde y que invitaba a sentarnos en el antejardín a ver los atardeceres rojos, ahora toca guardarse todo el tiempo por precausión de una bala perdida.
Las bandas y pandillas se han apoderado de la ciudad. De chicos, con mis hermanos podiamos ir de paseo a los ríos y quebradas vecinas, ahora mis sobrinos deben ir a los centros comerciales y contentarse con ver los ríos en animal planet.
La nieve negra que cae incansable sobre los tejados y patios y enferma los bronquios de niños y adultos es la regalía de los cañales. Mi familia y mi gente pasa la vida en medio de la violencia urbana y la contaminación. "la situa" está dura repiten todos. Los narcos andan de huida y por eso no circula el billete.
Los atardeceres siguen golpeando mi memoria, el olor enfuertado de la caña persigue mis recuerdos. Algo cambió inexorablemente. La mafia caló hasta los huesos, los carros no caben en la ciudad, el espiritu de mis antepasados tampoco. El pueblo se está quedando sin alma.
