Resulta en verdad gratificante llegar al Putumayo por tierra o por aire y sentir esa frescura y verde del piedemonte con su exuberancia, con su resistencia al paso arrasador de la colonización.
Aunque se observan claros grandes convertidos en potreros rodeados de monte espeso refugio de toda suerte de animales, pájaros, duendes y dueños de la montaña según los indígenas, es imponente la espesura de la selva andina descolgándose al piedemonte.
Ya en Mocoa el clima en invierno es fresco y frío en la noche y en verano pegajoso y sofocante. Está la ciudad rodeada de montañas espesas de monte como ejemplo vivo de que es posible una ciudad con cerros arborizados y no llenos de edificios imponentes al norte y casas de plástico al sur como ocurre en muchas ciudades colombianas. La retina cansada del viaje por la cordillera desnuda, ocre y amarillenta en tramos inmensos o del paisaje agreste y desértico del Huila, se obnubila con las distintas tonalidades de verde, de esa selva espesa surcada de ríos barrosos, serpenteando sin prisa por la llanura.
La ciudad es calmada, talvez el ritmo de indios ingas, y Kamtza que predominan en el área y que con su medicina tradicional, su cultura y sus saberes insisten en resistir el embate del modernismo que los despoja de sus tierras, potreriza sus selvas, silencia su lengua y anula el pensamiento, contaminándolo del egoísmo del blanco, de su codicia y su sentido de rey de reyes en el mundo, arrasando a su paso la naturaleza.
El Putumayo se resiste a perder la alegría, la esperanza y el paso tranquilo de sus gentes, a pesar de la guerra que se esconde tras los retenes, los soldados del plan Colombia de mirada dura y desgastada y los cascabeles amenazantes con sus cañones prestos a disparar la muerte a la orilla de la carretera entre Pitalito y Mocoa, o el susurro tímido de los habitantes ante el último combate, que cuentan el número de soldados y guerrilleros caídos inútilmente, en esta guerra inútil.
Putumayo sigue siendo un testigo de esa Colombia que se niega a ser arrasada por el modernismo, el narcotráfico y la guerra que el sistema actual ha puesto a jugar macabramente a hombres y mujeres del mismo pueblo, vistiendo el mismo camuflado pero con distinta insignia, ideología
lunes, 16 de abril de 2007
DIARIO DE VIAJE
DIARIO DE VIAJE
Esta columna no pretende otra cosa que servir de espacio de intercambio de experiencias, impresiones, historias y demás anécdotas de mis viajes por el país debido a mi trabajo o de mis ratos de ocio inventando o recordando historias. Espero sea del agrado del lector viajar sin equipaje ni pasabordo por la fantasía o la realidad, por la inmensa geografía de nuestro país donde en medio de la ciudad o el campo, se esconden historias que invitan a creer que otra Latinoamérica es posible.
Los hijos de las flores
Para empezar, me ubico en la vereda donde vivo, hace menos de dos meses. Las Mercedes del municipio de Madrid en los límites con el municipio de El Rosal muy cerca al río Subachoque. Allí el pasado 31 de octubre día de brujas para unos y de inocencia y alegría para otros al celebrarse el día de los niños y niñas tuve la oportunidad de conocer más de cerca mi comunidad.
Ese día en la tarde y con amenaza de lluvia nos reunimos en el corredor de la escuela – ya que se olvidaron de tramitar la orden en la alcaldía para poder abrir y utilizar los salones, cosas de la burocracia y el olvido estatal. Con el esfuerzo y alegría de un grupo de mujeres de la vereda lideradas por mi cuñada -una artesana habilidosa y creativa- se pudo reunir a más de 50 chiquitos con sus caras pintadas, sonrientes y expectantes. Las mujeres elaboraron las calabazas, las tarjetas de invitación en fomi con motivos alusivos a la celebración, hicieron el arroz con leche con sabor a leña e inflaron bombas y colgaron serpentinas naranjas y negras. Todos los insumos y materiales fueron pagados por la junta de Acción comunal. Es decir, por la comunidad.
Poco a poco fueron llegando las mamás – como siempre tan solo cuatro papás- con sus hijos disfrazados en infinidad de personajes de nuestra cotidianidad colombiana: el paisa de carriel, el boyaco de ruana, el indio con sus plumas y sus tintes en la cara, el tomate, la calabaza, el infaltable osito, el gato, etc. Me llamó la atención que la mayoría de disfraces fueron confeccionados por los mismos niños con la ayuda de sus padres y que el papel periódico se convirtió en taparrabo y plumas para el indio, el traje en desuso para vestir el espantapájaros, el pintalabios y sombras de la madre para pintar la cara de la gitana pequeñita y traviesa, toda una fiesta y danza de creatividad y vida. Las mujeres organizadoras también se pusieron sus disfraces y dejaron salir su niña interna.
Se jugaron rondas, se revivieron juegos tradicionales que jugaba de niña y tenía olvidados: que pase el rey que a de pasar, que el niño lindo se a de quedar. El juego del gato y el ratón, la lleva la tienes tú y corra a que te alcanzo, etc. Las mujeres y mi sobrino mayor jugaron hasta la saciedad, mientras los niños gritaban delirantes queremos dulces! Muy creativos los disfraces premiados con regalos y cantos: “queremos paz, queremos amor, queremos dulces mi señor”. Ese cántico quedó en mis oídos, inundados por las voces de los hijos de las flores, de ese sin número de mamás sonrientes y protectoras irradiando alegría y esa infinita capacidad de amar y crear. Mujeres sencillas que acudieron a la cita, después de una larga jornada como obreras en las floras de la vecindad o de municipios vecinos. Esas floras que vistieron de plástico la sabana y envenenan el ambiente, donde centenares de mujeres y hombres sabaneros trabajan extensas jornadas para ganar el salario mínimo y sobrevivir en medio de la incertidumbre de hasta cuando durará este negocio que aunque es para pocos indudablemente permite el sustento de centenares de familias, solo que hoy, en tiempos de TLC que arrasa el campo y sus agricultores, campesinos e indígenas que proveen los alimentos a las ciudades, arañan la tierra, y persisten con esperanza en vivir en el campo, la incertidumbre rodea las familias y agobia el pensamiento. Ya nada es seguro. Estos hombres y mujeres sencillos se encuentran realmente desprotegidos frente a las políticas gubernamentales que pregonan “agro ingreso seguro, mientras muchos en voz baja repiten burlonamente “TLC nos arruina de seguro”. La tarde terminó animada y sin contratiempos, la lluvia se detuvo y se escondió en las nubes blancas y con dulces en sus bolsillos y caritas alegres untadas de arroz con leche se fueron a dormir su sueño inocente los hijos de las flores. Por mi parte me fui a casa con mi niña interior escondida por mucho tiempo a flor de piel.
Esta columna no pretende otra cosa que servir de espacio de intercambio de experiencias, impresiones, historias y demás anécdotas de mis viajes por el país debido a mi trabajo o de mis ratos de ocio inventando o recordando historias. Espero sea del agrado del lector viajar sin equipaje ni pasabordo por la fantasía o la realidad, por la inmensa geografía de nuestro país donde en medio de la ciudad o el campo, se esconden historias que invitan a creer que otra Latinoamérica es posible.
Los hijos de las flores
Para empezar, me ubico en la vereda donde vivo, hace menos de dos meses. Las Mercedes del municipio de Madrid en los límites con el municipio de El Rosal muy cerca al río Subachoque. Allí el pasado 31 de octubre día de brujas para unos y de inocencia y alegría para otros al celebrarse el día de los niños y niñas tuve la oportunidad de conocer más de cerca mi comunidad.
Ese día en la tarde y con amenaza de lluvia nos reunimos en el corredor de la escuela – ya que se olvidaron de tramitar la orden en la alcaldía para poder abrir y utilizar los salones, cosas de la burocracia y el olvido estatal. Con el esfuerzo y alegría de un grupo de mujeres de la vereda lideradas por mi cuñada -una artesana habilidosa y creativa- se pudo reunir a más de 50 chiquitos con sus caras pintadas, sonrientes y expectantes. Las mujeres elaboraron las calabazas, las tarjetas de invitación en fomi con motivos alusivos a la celebración, hicieron el arroz con leche con sabor a leña e inflaron bombas y colgaron serpentinas naranjas y negras. Todos los insumos y materiales fueron pagados por la junta de Acción comunal. Es decir, por la comunidad.
Poco a poco fueron llegando las mamás – como siempre tan solo cuatro papás- con sus hijos disfrazados en infinidad de personajes de nuestra cotidianidad colombiana: el paisa de carriel, el boyaco de ruana, el indio con sus plumas y sus tintes en la cara, el tomate, la calabaza, el infaltable osito, el gato, etc. Me llamó la atención que la mayoría de disfraces fueron confeccionados por los mismos niños con la ayuda de sus padres y que el papel periódico se convirtió en taparrabo y plumas para el indio, el traje en desuso para vestir el espantapájaros, el pintalabios y sombras de la madre para pintar la cara de la gitana pequeñita y traviesa, toda una fiesta y danza de creatividad y vida. Las mujeres organizadoras también se pusieron sus disfraces y dejaron salir su niña interna.
Se jugaron rondas, se revivieron juegos tradicionales que jugaba de niña y tenía olvidados: que pase el rey que a de pasar, que el niño lindo se a de quedar. El juego del gato y el ratón, la lleva la tienes tú y corra a que te alcanzo, etc. Las mujeres y mi sobrino mayor jugaron hasta la saciedad, mientras los niños gritaban delirantes queremos dulces! Muy creativos los disfraces premiados con regalos y cantos: “queremos paz, queremos amor, queremos dulces mi señor”. Ese cántico quedó en mis oídos, inundados por las voces de los hijos de las flores, de ese sin número de mamás sonrientes y protectoras irradiando alegría y esa infinita capacidad de amar y crear. Mujeres sencillas que acudieron a la cita, después de una larga jornada como obreras en las floras de la vecindad o de municipios vecinos. Esas floras que vistieron de plástico la sabana y envenenan el ambiente, donde centenares de mujeres y hombres sabaneros trabajan extensas jornadas para ganar el salario mínimo y sobrevivir en medio de la incertidumbre de hasta cuando durará este negocio que aunque es para pocos indudablemente permite el sustento de centenares de familias, solo que hoy, en tiempos de TLC que arrasa el campo y sus agricultores, campesinos e indígenas que proveen los alimentos a las ciudades, arañan la tierra, y persisten con esperanza en vivir en el campo, la incertidumbre rodea las familias y agobia el pensamiento. Ya nada es seguro. Estos hombres y mujeres sencillos se encuentran realmente desprotegidos frente a las políticas gubernamentales que pregonan “agro ingreso seguro, mientras muchos en voz baja repiten burlonamente “TLC nos arruina de seguro”. La tarde terminó animada y sin contratiempos, la lluvia se detuvo y se escondió en las nubes blancas y con dulces en sus bolsillos y caritas alegres untadas de arroz con leche se fueron a dormir su sueño inocente los hijos de las flores. Por mi parte me fui a casa con mi niña interior escondida por mucho tiempo a flor de piel.
Palabras Errantes
Palabras errantes es el espacio para intentar recuperar la memoria desde el relato y la poesia, en ese trasegar cotidiano de una viajera a insospechados lugares de la geografia nacional. No pretende más que rescatar de la inmediatez de la mirada y la escucha, las historias y sentires de una colombia que muchos desconocen y otros ignoran. Hoy desde el Putumayo , mañana desde cualquier camino.
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